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JOSÉ ROBERTO ARGÜELLO
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Si Monseñor Romero se paseara estos días por las calles y cantones de El Salvador, sin duda anotaría muchos cambios en su libreta de excepcional observador de la realidad salvadoreña.
En primer lugar, advertiría que ya no retumban las piezas de 120 milímetros que solían bombardear el cerro de Guazapa, que han desaparecido los retenes militares de las carreteras, y que los ciudadanos de esta pequeña república centroamericana parecen entregados, a pie o en vehículo, a sus respectivos quehaceres en relativa paz.
Sin duda, tampoco le pasaría desapercibida la radical transformación del perfil y hasta del trazado urbano, la aparición de gigantescas moles comerciales, la proliferación de nuevas carreteras, el ensanchamiento de calles y avenidas, y la apertura de asombrosos túneles y pasos a desnivel.
San Salvador quiere ofrecer, 25 años después del asesinato del arzobispo mártir, la imagen de una ciudad próspera cuyos ciudadanos hablan incesantemente por teléfono celular, consumen productos importados en tiendas y restaurantes que llevan nombres -y menús- en inglés, y al final del día, se trasladan en flamantes camionetas de manufactura americana o japonesa a las nuevas urbanizaciones en las afueras de la ciudad.
Pero monseñor Romero sin duda miraría mucho más allá. No se le escaparían las otras facetas y contrastes del mundo salvadoreño actual, y el dato que El Salvador, en lo fundamental, no ha cambiado mucho desde 1980.
Un reciente informe de Care, organización sin fines de lucro que opera en 70 países, El Salvador está dividido en dos países, uno urbano, relativamente moderno y próspero, y otro rural, retrasado y marginado, que depende para su subsistencia de la emigración".
Pero aun en San Salvador, donde se concentra la riqueza, cuadrillas de mendigos, muchos de ellos niños adictos -los "huelepegas"- piden limosna en las intersecciones principales.
María Cristina Orantes, una abogada salvadoreña, señala que es de lo más común toparse con criaturas de cinco o seis años pidiendo una moneda en las calles.
"Estos niños son pandilleritos en potencia. ¿Qué está esperando el Estado, que crezcan para meterlos en la cárcel?", se pregunta.
Pero aún lo que parece obra positiva tiene un lado pernicioso. Las nuevas arterias creadas para descongestionar el tráfico y abrir la comunicación con el resto del país, han llevado al descuaje de los pocos bosques y fincas de café que servían de pulmón a
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