Cuando no existe una organización que proteja los intereses de la fuerza laboral, los salarios se mantienen deprimidos, el seguro médico y otras prestaciones se encuentran ausentes, los abusos y las arbitrariedades proliferan.(NILO/2MUN-DOS.COM)
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Cuando no existe una organización que proteja los intereses de la fuerza laboral, los salarios se mantienen deprimidos, el seguro médico y otras prestaciones se encuentran ausentes, los abusos y las arbitrariedades proliferan.(NILO/2MUN-DOS.COM)
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Por ANA ESTELA MARROQUÍN
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la carnada que ofrece China, un edén para el gran capital en el que los trabajadores ganan cinco o seis veces menos que un operario de maquilas en Chihuahua o Matamoros.
Con cada nueva expansión del capital, parece que el movimiento laboral está condenado a quedar hecho añicos, y sin embargo, todavía no se ha descubierto una manera de reemplazar a la gente. Las fábricas de muebles, artículos deportivos y juguetes, las maquilas donde se cose o se pegan piezas, las grandes ensambladoras de cafeteras, televisores, lavadoras y estereos no han desaparecido. Han sido trasladadas a ultramar y sus productos entran todos los días en contenedores por puertos como el de Los Angeles para ser distribuidos y vendidos en Estados Unidos. El trabajo humano no ha sido reemplazado, al menos no tanto como algunos quisieran, por el de las máquinas, sino que otros trabajadores en partes remotas del globo fabrican -a cambio de una retribución mucho menor-, lo que antes se hacía en Los Angeles o inclusive en México.
Para contrarrestar estas tendencias, las organizaciones laborales han tratado de encontrar fórmulas de cooperación que trasciendan fronteras, y sus delegados exponen a cada rato las condiciones brutales que imperan en los sweat-shops del mundo, lo que ha llevado a que muchas tiendas en EE.UU adopten, a veces a regañadientes, normas para excluir la explotación infantil y los productos que se manufacturan bajo condiciones de extremo abuso.
Las nuevas tecnologías de información y comunicación crean numerosas oportunidades y abren ingeniosos canales para que los trabajadores se comuniquen entre sí de una a otra parte del planeta. Si los gobiernos y la clase política de los grandes centros de poder, por conveniencias comerciales o políticas no hace nada por impedir el regreso a condiciones que existían en los tiempos de la Revolución Industrial, sino más todo lo contrario, el movimiento laboral debe acelerar su propia globalización y buscar que se creen protocolos internacionales para la defensa de sus propios intereses.
Pero, por supuesto, para construir esta nueva red gigantesca, los trabajadores deben comenzar defendiendo sus intereses en sus propias ciudades y campos, como hacen los janitors, los jornaleros y los trabajadores de los hoteles. Aunque suene paradójico, la internacionalización comienza en casa. VN
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