Publicado el 01-02-2012
BENEDICTO XVI: FORMAR HOMBRES PACÍFICOS Y CONTRUCTORES DE PAZHomilía en la solemnidad de Santa María Madre de Dios |
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CIUDAD DEL VATICANO.- A las 9,30 de la mañana de este domingo 1 de enero de 2012, en la basílica vaticana, Benedicto XVI presidió la celebración de la solemnidad de Santa María Madre de Dios, en la octava de la Natividad, y en celebración de la XLV Jornada Mundial de la Paz sobre el tema: Educar a los jóvenes en la justicia y la paz. Concelebraron con el papa los cardenales Tarcisio Bertone, secretario de Estado y Peter Kodwo Appiah Turkson, presidente del Consejo Pontificio Justicia y Paz; los arzobispos Giovanni Angelo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado y Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados; el obispo Mario Toso, SDB, secretario del Consejo Pontificio Justicia y Paz y el arzobispo Pier Luigi Celata, secretario del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. Publicamos a continuación la homilía del papa en la celebración de la santa Misa. ***** QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS: En el primer día del año, la liturgia hace resonar en toda la Iglesia extendida por el mundo la antigua bendición sacerdotal que hemos escuchado en la primera lectura: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz» (Nm 6,24-26). Esta bendición fue confiada por Dios, a través de Moisés, a Aarón y a sus hijos, es decir, a los sacerdotes del pueblo de Israel. Es un triple deseo lleno de luz, que brota de la repetición del nombre de Dios, el Señor, y de la imagen de su rostro. En efecto, para ser bendecidos hay que estar en la presencia de Dios, recibir sobre sí su Nombre y permanecer bajo el cono de luz que parte de su rostro, en el espacio iluminado por su mirada, que difunde gracia y paz. Esta es también la experiencia que han tenido los pastores de Belén, que aparecen de nuevo en el Evangelio de hoy. Han tenido la experiencia de encontrarse en la presencia de Dios, de su bendición, no en la sala de un palacio majestuoso, delante de un gran soberano, sino en un establo, delante de un «niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16). Ese niño, precisamente, irradia una luz nueva, que resplandece en la oscuridad de la noche, como podemos ver en tantas pinturas que representan el Nacimiento de Cristo. La ... |
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