En la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles durante la Santa Misa, un grupo de sacerdotes dan la bendición unánimamente. (Concepto de VOA; fotografía de VÍCTOR ALEMÁN y diseño de JOSÉ VELÁSQUEZ).
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el obrar según su beneplácito” (Flp 2, 13), y que “el que comenzó la buena obra, la llevará a cabo hasta el día de Cristo Señor” (Flp 1, 6).
Pero, ¿qué sucede cuando la familia se deja arrastrar por el consumismo, el hedonismo y el secularismo que turban e impiden la realización del plan de Dios?
¡Qué doloroso es constatar casos, desdichadamente numerosos, de familias deshechas por semejantes fenómenos y por sus devastadores efectos! Es ésta, sin duda, una de las preocupaciones más grandes de la comunidad cristiana. Y son, sobre todo, las familias mismas las primeras en pagar las consecuencias del generalizado desorden de las ideas y de la moral; pero también la Iglesia las sufre, y la sociedad se resiente por ellas.
¿Cómo pueden los hijos, dejados huérfanos moralmente, sin educadores ni modelos, crecer en la estima de los valores humanos y cristianos? ¿Cómo pueden desarrollarse en un clima tal las semillas de vocación que el Espíritu Santo continúa depositando en el corazón de las jóvenes generaciones?
La fuerza y estabilidad del entramado familiar cristiano representan la condición primera para el crecimiento y maduración de las vocaciones sagradas, y constituyen la respuesta más adecuada a la crisis vocacional: “Cada Iglesia local y, en términos más particulares, cada comunidad parroquial, -dije en la exhortación Familiaris consortio-, debe adquirir más viva conciencia de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor en orden a promover la pastoral de la familia. Todo proyecto de pastoral orgánico, en cada nivel, nunca debe prescindir de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).
3. “ROGAD, PUES, AL DUEÑO DE LA MIES QUE MANDE OBREROS A SU MIES” (MT 9, 38)
La pastoral vocacional encuentra su ámbito primero y natural en la familia. Los padres, en efecto, deben saber acoger como una gracia el don que Dios les hace al llamar a uno de sus hijos al sacerdocio o a la vida consagrada. Tal gracia se pide en la oración, y se acoge positivamente cuando se educa a los hijos para que comprendan toda la riqueza y el gozo de consagrarse a Dios.
Los padres que aceptan con sentimientos de gratitud y gozo la llamada de uno de sus hijos o de sus hijas a la especial consagración por el reino de los cielos, reciben, con esa llamada, una prueba particular de la
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