En la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles durante la Santa Misa, un grupo de sacerdotes dan la bendición unánimamente. (Concepto de VOA; fotografía de VÍCTOR ALEMÁN y diseño de JOSÉ VELÁSQUEZ).
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En la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles durante la Santa Misa, un grupo de sacerdotes dan la bendición unánimamente. (Concepto de VOA; fotografía de VÍCTOR ALEMÁN y diseño de JOSÉ VELÁSQUEZ).
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VIDA NUEVA ZENIT.org
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El Santo Padre ofreció esta profunda reflexión en la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, durante la fiesta de la Sagrada Familia en el Vaticano, el 26 de diciembre de 1993.
A los venerados hermanos en el Episcopado
y a todos los queridos fieles del mundo entero:
La celebración de la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones coincide, este año, con un importante acontecimiento eclesial: La inauguración del “primer congreso continental latinoamericano sobre el cuidado pastoral en favor de las vocaciones de especial consagración en el continente de la esperanza”.
Dicha asamblea se propone desarrollar un profundo trabajo de examen, animación y promoción vocacional. Al mismo tiempo que expreso mi gran estima por esta iniciativa pastoral, orientada al bien espiritual no sólo de la América Latina, sino de la Iglesia entera, invito a todos a ayudarla con la oración unánime y confiada.
La Jornada mundial se inserta, además, en el Año Internacional de la Familia. Esta circunstancia me ofrece la oportunidad de llamar la atención sobre la estrecha relación que existe entre familia, educación y vocación y, muy en particular, entre familia y vocación sacerdotal y religiosa.
Al dirigirme a las familias cristianas deseo, por tanto, confirmarlas en su misión de educar a las jóvenes generaciones, esperanza de la sociedad y de la Iglesia.
1. “ESTE MISTERIO ES GRANDE” (EF 5, 32)
A pesar de los profundos cambios históricos, la familia sigue siendo la más completa y rica escuela de humanidad, en la que se vive la experiencia más significativa del amor gratuito, de la fidelidad, del respeto mutuo y de la defensa de la vida. Su tarea específica es la de custodiar y transmitir, mediante la educación de los hijos, virtudes y valores, a fin de edificar y promover el bien de cada uno y el de la comunidad.
Esta misma responsabilidad compromete, con mayor razón, a la familia cristiana por el hecho de que sus miembros, ya consagrados y santificados en virtud del Bautismo, están llamados a una particular vocación apostólica por el Sacramento del Matrimonio (cf. Familiaris consortio, 52, 54).
La familia, en la medida que adquiere conciencia de esta genuina vocación suya y responde a ella, llega a ser una comunidad de santificación, en la que se aprende a vivir la mansedumbre, la justicia, la misericordia, la castidad, la paz, la pureza del corazón
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