Cardenal Rogelio Mahony, Arzobispo de Los Angeles. (Foto de archivo de Victor Aleman, www.vida-nueva.com)
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Cardenal Rogelio Mahony, Arzobispo de Los Angeles. (Foto de archivo de Victor Aleman, www.vida-nueva.com)
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VIDA NUEVA
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Como niños con ojos abiertos como platos esperando la llegada de San Nicolás, este año muchos de sus padres están todavía luchando para pagar la deuda de lo que “Santa” trajo por la chimenea la Navidad pasada. La crisis financiera que sacude nuestra nación ha afectado a nuestros compañeros de trabajo, familiares y amigos, y ha puesto un incalculable número de personas en los países en desarrollo alrededor del mundo, en convulsiones económicas.
En cada calle, detrás de cada puerta vive alguien que está profundamente descorazonado, si no es que desesperado. Esto puede ser originado por lúgubres predicciones económicas; el inicio temprano de una enfermedad o la pérdida de un ser querido. Especialmente en un tiempo como este podemos encontrar solaz y fortaleza en las escrituras de la liturgia de Navidad.
El deber de un centinela es esperar, estar alerta, estar al acecho para anticipar la luz y después difundir la noticia de lo que está llegando. Los centinelas de Isaías gritaron de gozo porque ellos “vieron delante de sus ojos al Señor restaurando Sión”. Ellos vieron el cumplimiento de los deseos y los sueños de Israel.
En el evangelio de la Misa de media noche está el ángel que anuncia lo que está por venir. El ángel es como un centinela, uno que está rebosante con la expectación de lo que está llegando. Él es precursor y heraldo.
Lo que el centinela y el ángel tienen en común, es esperanza. Una esperanza en la luz de lo que brilla en las tinieblas, una luz que las tinieblas no pueden extinguir. Es en esta misma luz que podemos ver lo que otros ven y escuchar solamente “de manera parcial”. Nosotros nos convertimos en centinelas de lo que hemos visto, de lo que hemos escuchado, de lo que hemos tocado. Nos convertimos en portadores de luz, de esperanza, centinelas de la presencia de Dios que ha venido y está llegando. Pero, se nos recuerda, el mundo no lo conoce, no lo ve, no puede escucharlo. Por la “gloria de nuestro gran Dios” se manifiesta al mundo de manera silenciosa y oculta, en carne humana frágil.
La apariencia del gran Dios cambia nuestras expectativas. Jesús ofrece una perspectiva diferente del Reino, señalando no el juicio, sino la esperanza para los hambrientos, para los ciegos, para los que están fatigados. ¿Podemos permitir que esta Navidad nuestras propias expectativas
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