Publicado el 02-22-2010
EL SACERDOTE EN EL OFERTORIO DE LA SANTA MISAColumna de teología litúrgica dirigida por don Mauro Gagliardi |
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El artículo de nuestra columna – escrito originalmente en español por don Juan Silvestre, profesor de Liturgia en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y Consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice – describe el papel del sacerdote en el Ofertorio de la Santa Misa, tomando en consideració´n sólo la forma ordinaria del Rito Romano, que ha sido simplificada, tanto en los gestos como sobre todo en las oraciones, respecto a la forma extraordinaria. El texto pone en evidencia la riqueza espiritual que, a pesar de esto, es aún posible encontrar en ella (Don Mauro Gagliardi). *** “En la Iglesia antigua existía la costumbre de que el Obispo o el sacerdote después de la homilía exhortara a los creyentes exclamando: “Conversi ad Dominum” –volveos ahora hacia el Señor. Eso significaba ante todo que ellos se volvían hacia el este, en la dirección por donde sale el sol como signo de Cristo que vuelve, a cuyo encuentro vamos en la celebración de la Eucaristía. Donde, por alguna razón, eso no era posible, dirigían su mirada a la imagen de Cristo en el ábside o a la cruz, para orientarse hacia el Señor. Porque, en definitiva, se trataba de este hecho interior: de la conversio, de dirigir nuestra alma hacia Jesucristo y, de ese modo, hacia el Dios viviente, hacia la luz verdadera”[1]. Estas palabras del santo Padre Benedicto XVI nos permiten introducirnos en el tema que nos ocupa: “el sacerdote en el Ofertorio de la Santa Misa”. Una vez acabada la liturgia de la Palabra entramos en la liturgia Eucarística. Como sabemos bien, ambas –liturgia de la Palabra y de la Eucaristía–“están estrechamente unidas entre sí y forman un único acto de culto”[2]. De ahí que la oblatio donorum o presentación de las ofrendas, primer gesto que el sacerdote, representando a Cristo Señor, realiza en la Liturgia eucarística[3], no es sólo como un “intervalo” entre ésta y la liturgia de la Palabra, sino que constituye un punto de unión entre estas dos partes interrelacionadas para formar, sin confundirse, un único rito. De hecho, la Palabra de Dios, que la Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la Eucaristía. La liturgia de la Palabra es un verdadero discurso que espera y exige una respuesta. Posee un carácter de proclamación y de diálogo: Dios ... |
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