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Por CARDENAL ROGEWLIO MAHONY, Arzobispo de Los Angeles Noviembre 11, 2008
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Mis queridos Hermanos en Cristo:
La Gran Depresión comenzó en Octubre de 1929 y se extendió hasta la Segunda Guerra Mundial, en los años de 1930. No mucha gente que vive ahora experimentó ese terrible descenso económico en nuestro país y alrededor del mundo, pero la magnitud de esos años es subrayada por el uso continuo de letras mayúsculas para nombrar ese período de nuestra historia.
¿Estamos hoy en otra recesión económica? ¿O depresión? ¿O deflación? El nombre que usemos para identificar estos días, realmente no importa. Estamos en una severa descenso económico y los efectos los estamos sintiendo cada uno de nosotros. La lista de esos sufrimientos es larga: pérdida de trabajos, inseguridad sobre el mantenimiento de nuestros trabajos, pérdida de casas o miedo de perderlas en el futuro, compañías declarándose en bancarrota o cerrando, retirados cuyas pensiones han venido disminuyendo en un 40% o hasta más, empleados cuyos ahorros y cuentas de retiro se han reducido grandemente, largas líneas en las iglesias y los bancos de comida, significativos cortes en los presupuestos familiares. Cada uno puede añadir su propia crisis económica a la lista.
Desde el Día del Trabajo, yo no he encontrado ni una persona que no haya sido impactada negativamente de alguna manera por nuestra pobre economía. Yo no soy un economista, ni tengo soluciones rápidas para los muchos problemas económicos que enfrentamos.
Pero como un co-discípulo de Jesús con todos ustedes, quisiera ofrecer algunos pensamientos sobre cómo nuestra fe nos apoya en estos tiempos tan pesados y difíciles.
La emoción más fuerte que experimentamos durante estos tiempos desesperados es miedo: miedo a que perderemos algo o todo, lo que hemos conseguido con trabajo duro, tal como un trabajo estable, nuestra casa, las necesidades básicas para nuestras familias, oportunidades para nuestros niños, y la promesa de un futuro seguro. Nada nos corroe tan profundamente como el miedo al futuro desconocido.
El miedo entonces abre camino a la inseguridad, la preocupación, la alarma y aún la desesperación porque muchos de los elementos que provocan nuestros miedos están más allá de nuestra capacidad personal para revertirlos. Nuestros miedos nos colocan en una espiral hacia abajo mientras cada día las noticias económicas pintan una imagen desesperanzadora. El miedo es natural y normal durante estos tiempos dolorosos, especialmente cuando otros dependen de
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