(Nancy Wiechec / CNS)
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Por el Cardenal ROGELIO MAHONY Arzobispo de Los Angeles
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El Papa Benedicto XVI vino como nuestro Pastor, y nos habló de nuestras alegrías y nuestras tristezas más humanas, nuestras esperanzas y nuestros fracasos. Él vino en el nombre de Jesucristo y nos recordó “mantener nuestros ojos fijos en Jesús” (Hebreos 12,2).
Nuestro Santo Padre no dudó en hablar de los desafíos y dificultades que nuestra Iglesia estuvo enfrentando aquí en los Estados Unidos, pero nunca nos dejó solos con nuestros fracasos y problemas. Él permaneció con nosotros, reconociendo la vergüenza del comportamiento pecaminoso, y nos urgió a ir adelante en el nombre de nuestro Señor Resucitado.
Él habló abiertamente del azote de la mala conducta sexual de parte del clero en las últimas décadas. Él se encontró con víctimas de ese abuso; nos recordó nuestras raíces inmigrantes y nos urgió a estar presentes hoy con las personas inmigrantes y su grave situación; él pasó tiempo de oración silenciosa en la Zona Cero; se encontró con jóvenes que sufren de incapacidades físicas; habló de la inutilidad de la violencia y de la guerra, y no dudó en alertarnos del conflicto entre el Evangelio de Jesús y nuestra sociedad contemporánea.
Pero él nunca nos dejó estancados en nuestros problemas y dificultades. En cambio, él repitió una y otra vez que la presencia y la gracia de Dios son mucho más poderosas que las fuerzas del mal en el mundo. Una y otra vez él nos llevó a no enfocarnos en el dolor y el sufrimiento de nuestros fracasos humanos, sino en la gracia redentora de nuestro Señor Resucitado.
Una y otra vez nos llevó a nuestra amistad con Jesucristo, y nos urgió a reconocer la presencia, el amor y la misericordia de Dios que nos rodea.
Para mí, personalmente, los momentos de gracia más memorables con nuestro Santo Padre estuvieron envueltos en oración silenciosa y en pocas palabras públicas: su reunión con las víctimas de abuso sexual en Washington, DC y su visita a la Zona Cero en Nueva York. Esos dos eventos tuvieron la dignidad del silencio; la profundidad de la tristeza y la promesa de la oración llena de esperanza, y ambos capturaron profundamente las partes más heridas de nuestra Iglesia en nuestro país. Sí, las grandiosas Misas al aire libre fueron muy inspiradoras; las reuniones con los líderes ecuménicos y de otras religiones, fueron
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