(Nancy Wiechec / CNS)
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Por el Cardenal ROGELIO MAHONY Arzobispo de Los Angeles
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muy conmovedoras, y la reunión con los jóvenes y los seminaristas será memorable.
Pero el poder de esos tiempos de oración en silencio me conmovieron más profundamente que todo el resto de las muchas apariciones públicas del Santo Padre. Al principio, no sé por qué. Después de todo, las Misas concelebradas con el Papa y las decenas de miles de personas fueron seguramente inspiradoras y una fuente de alegría para todos nosotros. Lentamente fui comprendiendo: esos tiempos de gracia de silenciosa sanación, fueron exactamente lo que yo necesitaba en este tiempo de mi propia jornada de fe. Mis propios errores y fracasos a través de los años, habían venido siendo una carga sobre mí, un peso del que no me daba cuenta que me estaba agobiando.
El estilo gentil y amable del Papa Benedicto, tocó las profundidades más vulnerables de mi alma. Yo me sentí inspirado por nuestro Pastor y de alguna manera mis pesadas cargas parecieron aligerarse. ¿Cómo logró esto nuestro Santo Padre? A través de su consistente llamado al fiel discipulado en Jesucristo, y su promesa de que ¡verdaderamente estamos salvados por la esperanza en nuestro Dios de Amor! Su reciente Carta Encíclica Spe Salvi (Salvados por la Esperanza) continúa señalándonos nuestra jornada hacia delante y hacia arriba. Él no nos permite quedarnos estancados en nuestros pecados y fracasos, sino que sigue repitiendo el llamado a la “verdadera libertad” en Jesús, quien ha venido como “el camino, la verdad y la vida” para cada uno de nosotros.
Yo vuelvo a Los Angeles como un discípulo diferente de Jesús del que yo era cuando me fui. ¡Gracias Señor, por enviarnos no solamente al Vicario de Cristo y al Sucesor de Pedro, sino también a un hermano y amigo que conoce a Jesús personalmente y que nos dio seis extraordinarios días de gracia y esperanza! VN
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