Las lecturas de esta grandiosa fiesta dedicada a la Virgen de Guadalupe, Reina y Madre de América, nos motivan a profundizar en el valor inestimable de nuestras familias, y a ponerlas a todas ellas en la manos de nuestra buena madre.
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Las lecturas de esta grandiosa fiesta dedicada a la Virgen de Guadalupe, Reina y Madre de América, nos motivan a profundizar en el valor inestimable de nuestras familias, y a ponerlas a todas ellas en la manos de nuestra buena madre.
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Homilía del Cardenal Rogelio Mahony
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[Lecturas: Eclesiástico 24, 23-31; Gálatas 4, 4-7; Lucas 1, 39-48]
Las lecturas de esta grandiosa fiesta dedicada a la Virgen de Guadalupe, Reina y Madre de América, nos motivan a profundizar en el valor inestimable de nuestras familias, y a ponerlas a todas ellas en la manos de nuestra buena madre: a las familias de los soldados que están en Irak y Afganistán, a las familias divididas por problemas de inmigración y a todas las familias que están pasando por problemas de ruptura y desintegración. Todas las familias necesitan de María como madre y modelo.
La primera lectura nos presenta simbólicamente lo que es María para nosotros, la viña fértil, la madre protectora, la mujer que ofrece su consuelo y su ayuda. Ella es ternura, amor, belleza, hermosura. Ella es nuestro ideal y al mismo tiempo la imagen religiosa más cercana, pues a pesar de que reconocemos todos estos títulos para engrandecerla, es al mismo tiempo la mujer simple, del pueblo, la madre de familia que lidió con Jesús y con José.
En la segunda lectura, San Pablo invita a los Gálatas a ver en la encarnación del Hijo de Dios en el seno de una mujer, María, la oportunidad para ser libres, para ser hijos e hijas y dejar de ser esclavos. Los Gálatas creían que los astros, como el sol y la luna eran dioses que controlaban su vida y la marcaban irremediablemente para el triunfo o para el fracaso, sin que nadie pudiera cambiar ese destino. San Pablo les dice que Jesús, el Hijo de Dios ha nacido de una mujer, en las condiciones normales de una familia, para liberarnos de toda forma de fatalismo y esclavitud.
Y el Evangelio de Lucas nos narra un encuentro muy especial entre dos parientas, primas para ser más exactos: María e Isabel, ambas embarazadas, ambas con una misión de parte de Dios. Isabel, reconoce en María a la madre de su Señor, la llama bienaventurada, bendecida, santa, incluso su hijo salta de gozo en su seno como los pobres y los pequeños cuando reconocen la compañía de Dios en sus vidas. Por su parte, María fue presurosa para servir a su prima, para ayudarla en las tareas de ser madre como lo hacen las mujeres en nuestras propias familias. La alegría de su propia
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