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Por MIGUEL PÉREZ DE LABORDA, «Philosophica»
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la mentalidad religiosa de la época: de este modo, en efecto, se creía dejar la decisión a los mismos dioses [Guthrie 1971: 92]. Si Sócrates se oponía a ello, era porque consideraba que en política era necesario tener un conocimiento especializado, antes de tomar las decisiones:
Veo que, cuando nos congregamos en la asamblea, siempre que la ciudad debe hacer algo en construcciones públicas se manda a llamar a los constructores como consejeros sobre la construcción, y cuando se trata de naves, a los constructores de barcos [...] Pero cuando se trata de algo que atañe al gobierno de la ciudad y es preciso tomar una decisión, sobre estas cosas aconseja, tomando la palabra, lo mismo un carpintero que un herrero, un curtidor, un mercader, un navegante, un rico o un pobre, el noble o el de oscuro origen, y a éstos nadie les echa en cara que intenten dar su consejo [Protágoras 319b-d].
No podemos sacar la impresión, por estos testimonios, de que Sócrates fuese antidemocrático, sobre todo si damos a esta expresión el significado que tiene hoy en día. Él intentaba simplemente señalar los límites de la democracia entonces vigente, bien diversa de la nuestra; y señalaba igualmente los errores en que incurría el sistema contrario: la tiranía.
Si Sócrates no participa activamente en la vida política es por que cree que cada uno ha de ocupar el lugar que le corresponda dentro de la sociedad. A este respecto, es interesante notar que él valorizaba cualquier tipo de trabajo, hasta afirmar que «el trabajo es una bendición y la ociosidad una desgracia» [Recuerdos I, 2, 57], y en especial el que pueden desarrollar las mujeres en la administración de la casa [Jenofonte, Económico 3, 15] o en otros tipos de labores [Recuerdos II, 7].
Pero consideraba especialmente importante la tarea a la que se sentía llamado: la formación de los políticos, es decir, de aquellos jóvenes que están especialmente dotados para la política, y creen que deben dedicarse a ella, pero no han recibido todavía la preparación adecuada. Se comprende entonces que el Sócrates platónico, a pesar de haber rehuido esas actividades públicas, llegue a presentarse como el mejor político, cuando dice: «Creo que soy uno de los pocos atenienses, por no decir el único, que se dedica al verdadero arte de la política y el
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